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«Desde aquella noche en la que el hombre que yo más veneraba me abrió su destino como se abre una dura concha, desde aquella noche de hace cuarenta años, me parece infantil e insignificante todo lo que nuestros narradores y poetas cuentan en los libros como extraordinario y todo lo que en los teatros se disfraza de tragedia. ¿Es por comodidad, por cobardía o estrechez de miras el que se limiten a dibujar la zona superior y luminosa de la vida, donde los sentidos juegan abierta y legalmente, mientras abajo, en los sótanos, en las cavernas y en las cloacas del corazón pulula, lanzando destellos fosforescentes, las verdaderas y peligrosas bestias de la pasión, se aparean y se devoran a escondidas, bajo todas las formas de mezcolanza más fantásticas? ¿Los asusta el aliento ardiente y corrosivo de los instintos demoníacos, el vapor de la sangre hirviendo? ¿Tienen miedo a ensuciar sus manos demasiado delicadas en las úlceras de la humanidad, o su mirada, acostumbrada a claridades más sólidas, no encuentra el camino para bajar los peldaños resbaladizos y peligrosos, chorreantes de putrefacción? Y, sin embargo, para el sabio no hay placer igual al que se encuentra entre las sombras, ni escalofrío tan fuerte y elemental como el peligro helado, ni sufrimiento más sagrado que el que por pudor no se atreve a manifestarse.»
Confusión de sentimientos, Stefan Zweig
Otto Hahn y Lise Meitner inaugurando el instituto Hahn-Meitner para la investigación de la física nuclear. Berlín, 14 de marzo de 1959. Créditos: Keystone / Hulton Archive / Getty Images